La semana pasada estaba más cansada de la cuenta cuando recibí una llamada de una de mis “hermanas”.
Soy hija única, pero creo que muchas vamos construyendo una pequeña familia elegida a lo largo de los años. Personas que terminan siendo hogar, sostén y refugio en medio de la vida adulta.
Mi hermana proponía una aventura sencilla: venir desde su ciudad hasta Madrid, recogerme un viernes y escaparnos el fin de semana. Volveríamos el domingo por la tarde, ella regresaría a casa esa misma noche y el lunes las dos seguiríamos con nuestras vidas.
Hacía muchísimo tiempo que no nos veíamos.
Y durante un momento dudé.
Tenía cosas pendientes, cansancio acumulado y esa sensación tan conocida de culpa por parar cuando todavía quedan demasiadas cosas por hacer.
Pero entonces pensé algo muy simple: ella también tiene trabajo, familia, responsabilidades y necesidad de descansar. Y aun así, estaba cruzando media España para compartir un fin de semana conmigo.
Así que dije que sí.
Siempre he sido de pequeñas aventuras. Y, curiosamente, muchas veces han sido esas escapadas improvisadas las que más me han ayudado a salir del ruido mental del día a día.
Dicen que cuando viajamos el cerebro se enfoca tanto en lo nuevo que, aunque sea por unas horas, las preocupaciones habituales pierden fuerza. No sé cuánto hay de ciencia y cuánto de magia cotidiana en eso, pero esta vez volvió a pasar.
Pasamos dos días cantando en el coche, recordando historias antiguas, riéndonos cuando no había nadie para recibirnos en el Airbnb, comiendo rico y pasando todo el tiempo posible cerca del mar.
Y pensé que a veces un “sí”, incluso cuando estamos cansadas, puede devolverte más energía de la que imaginabas. Sobre todo cuando viene acompañado de las personas adecuadas.
A veces el descanso no es aislarse del mundo.
A veces también es sentirse acompañada dentro de él.
¿Vosotras seguís haciendo espacio para pequeñas aventuras, o hace tiempo que el cansancio ocupa todo el mapa?
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